No es tiempo para placas


Si es que no se debería de poner ninguna. A las placas me refiero. Pero mira que nos gustan, que han gustado, y que, pese a que hace ya unos años que se supone que hemos entrado en una nueva época institucional, donde las placas, cortado de cintas y demás rituales han pasado a la historia, siguen todavía siendo debate. Y no por quien las pone -que ahora, al menos las de inauguraciones, se ponen pocas- sino por a quien se le quita.

Entiendo perfectamente las razones por las que, ya sean ayuntamientos, cortes autonómicas o ciudadanía en sí misma, solicitan la retirada de una placa que incluye el nombre de un político o política condenado por un caso de corrupción. Por lo tanto, no lo voy a criticar, y cuenta con mi apoyo, evidentemente.

Lo reconozco: yo he estado en la colocación de bastantes placas. Incluso es posible que de alguna me haya encargado yo mismo de su gestión –no busquen, no verán mi nombre en ninguna de ellas-. Pero igualmente les reconozco que en esos actos, siempre he sentido una sensación de “regreso al pasado”, me ha parecido un ritual anacrónico, y más si a eso añadimos la, muchas veces utilizada, técnica de sujetar la cortinilla con cinta aislante o celo, para rematar la faena con un vino de honor.

¡A buenas horas mangas verdes! dirán algunos de ustedes. Es cierto, lo reconozco, como tantas veces en mi vida esta es una de esas cosas que me hacían fruncir el ceño pero no me atrevía a expresar a quienes realmente tenían la potestad de hacer algo para evitarlo. ¿Cobardía? ¿prudencia?¿ miedo a parecer el raro en la fiesta?… quien sabe.

Lo que es evidente es que si todas esas placas no se hubieran puesto, si esas inauguraciones se hubieran celebrado de una manera algo más sencilla, ahora no nos encontraríamos en la tesitura de estar pidiendo, exigiendo, debatiendo y polemizando sobre si a tal o cual persona hay que quitarle todas esas placas que un día, cuando todo el mundo confiábamos en su nobleza y honradez, aplaudíamos mirando de reojo a ese pincho de tortilla que nos esperaba junto a un vino español.

PD. Me críe en una calle de las que ahora se plantea cambiar el nombre por tener vinculación con el franquismo, y oye, no pasa nada si le ponen el nombre de alguien digno y que se merezca una calle de mi ciudad.

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