Coge mis manos: sobre la responsabilidad en la asesoría política


Este artículo lo realicé como colaboración con la Consultora Política “Exipol” y publicado en su web corporativa.

Hace aproximadamente dos años, impartí un taller de los que habitualmente realizo de habilidades de comunicación a un grupo de candidatos y candidatas a alcaldías de municipios de mediano y pequeño tamaño. Fue una jornada intensa, como casi todas. Trabajábamos contrarreloj para intentar que, de cara a la campaña electoral, adquirieran unas mínimas nociones que les permitieran desenvolverse con una cierta soltura durante el reto que se les venía encima. Evidentemente, del grupo con el que trabajamos descubrimos a candidatos con más facilidades que otros. Eso se advierte de manera casi instantánea, no hace falta más que  una pequeña ronda de presentación para saber quién necesitará más ayuda y atención. Y con casos que, en ocasiones, se convierten en auténticos desafíos, dicho sea de paso.

Y en efecto, ese reto lo tenía frente a mí. Una candidata de unos 35 años. Abogada, con carácter y personalidad, buena dicción y con las ideas claras. Pero eso sí, fría como un témpano de hielo. Mi primera impresión se fue corroborando con los supuestos prácticos en los que le hice participar. No cabía duda de que las emociones las había encerrado en un arcón bajo siete llaves. Después de todo el día hablando de  la necesidad de empatizar con los demás y de establecer conexiones emocionales con las personas, el simulacro de rueda de prensa en la que ella era la protagonista nos dejó fríos a todos. No lo pude resistir y, no siendo habitual, cuando acabó la intervención le dije que me diera las manos, cerrara los ojos y se relajara. A los 30 segundos le pregunté si había sentido mis manos, si estaban frías o calientes, si la cogía con fuerza o con suavidad. Me respondió que sí, no sin cierto sonrojo, y le insté a que buscara esta proximidad cada vez que comunicara, cuando estuviera con un vecino, cuando fuera a ofrecer un discurso o un abrazo a un compañero del partido.
Esta pequeña experiencia me sirve para introducirme en la cuestión de la responsabilidad en la asesoría política, en mi caso, se supone que exclusivamente relacionado con la comunicación y la imagen. Pero ¿realmente sólo en la comunicación y la imagen?. Me atrevo a decir que no. Hay algo más o, al menos, debe haber algo más si queremos superar una situación que se antoja complicada para quienes pretenden, desde la plataforma de un partido político, generar confianza a unos ciudadanos decepcionados, alejados e incluso, irritados, con los partidos y quienes los dirigen.
Por eso, es complicado no hablar de asesoría política sin hablar de una responsabilidad que supere la construcción de un buen discurso o de la capacidad de enlazar las palabras adecuadas sobre el marco de una cuidada imagen.  En relación a esta cuestión, me parece pertinente introducir esas tres preguntas atribuidas a Karl Rove (a quien muchos consideran el principal “arquitecto” de los triunfos de George Bush Jr. -incluido él mismo-)  y que centra la decisión de los votantes en base a tres preguntas que inconscientemente se realizan sobre los candidatos: : ¿es un líder fuerte?, ¿puedo fiarme de él?, ¿se preocupa de la gente como yo?.  Porque en efecto, conseguir que un porcentaje alto de votantes responda sí a esas tres preguntas planteadas por Rove en relación a “tu asesorado” sería el principio de un posible éxito electoral. Y si esas respuestas superan la prueba de la apariencia para convertirse en una característica central y permanente de un político, habremos logrado la cuadratura del círculo. No es fácil, pero es una actitud responsable conseguirlo.

Y para esto, para superar las apariencias, considero necesario pasar de las palabras a los hechos. Y eso se hace pisando el terreno, cogiendo las manos de la gente. Porque una mano que coge y acompaña es más creíble que un precioso discurso, sobre todo si el receptor ya ha decidido no escuchar más, como es el caso de una inmensa mayoría de ciudadanos. Es cierto que la reacción social tiene parte de su base en las palabras, en los discursos, en los mensajes “que han movido el mundo” o en los 140 caracteres de un tweet. Pero su cuajo lo ha cogido en la calle, en la acción. Sin duda es una nueva mirada, o mejor dicho, un volver a mirarse a los ojos directamente. El 15M fue 15M cuando se fue a la Puerta del Sol y no se movió de allí. Las plataformas de afectados por las hipotecas son lo que son porque no se han quedado contentos con tener millones de seguidores en las redes sociales. Y el político que quiera formar parte de esa nueva mirada, deberá pasar a la acción y demostrar con sus hechos que sus palabras, necesarias, son algo más que una envoltura vacía.

Y la asesoría política, no debiera ser algo que le quitara “autenticidad”  a esta actitud. Todo lo contrario, la debe potenciar para que el político no deje, ni por un segundo, de tener los pies en la tierra, que es donde está la gente. Que comprenda la necesidad de romper la verticalidad de unas estructuras políticas e institucionales anquilosadas. Y si no las puede romper, que al menos sea capaz de dotarse de un ascensor lo suficientemente amplio y rápido para poder moverse de arriba abajo, y de derecha a izquierda, como uno más. Sin escoltas, sin mediadores.

Una asesoría que promueva la proactividad, que recomiende al candidato que el dinero que se va a gastar en una bonita y flamante sede electoral para que la gente se acerque a ella y conozca qué dice su programa electoral, lo utilice para calzarse unas buenas zapatillas y busque a las personas que tienen problemas. Y ofrecerse, y escuchar, y sentir sus manos, su calor o su frialdad. De todo se aprende. Es decir, una asesoría política capaz de introducir esa nueva mirada en su trabajo diario, en su ADN.

Técnica y corazón. Teoría y observación de un mundo cambiante, en permanente oleaje, donde las personas cambian junto con sus realidades, sus expectativas, sus miedos, sus futuros. No recuerdo quien dijo que las cosas han cambiado tanto que ni siquiera el futuro es el que era. Y en efecto es así. Por eso nos toca, como ciudadanos, surfear en este oleaje. Y el político, la política, no puede situarse una milla más atrás, en un cómodo barco, observando a través de unos prismáticos cómo la gente salva las olas, o cómo se hunde en ellas. Hay que estar al lado, en las mismas condiciones, conociendo de primera mano su virulencia  o su calma. Y desde ahí, desde esa ventaja que te da conocer la realidad, proponer un camino, un destino. Y así nadie volverá a decir que los partidos, y las instituciones, siempre van por detrás de la sociedad.

Esta es la responsabilidad a la que nos enfrentamos, en la política en general y en la asesoría política en particular. Responsabilidad que debe estar acompañada del riesgo que entraña estar en la cresta de la ola, sin oropeles, sin reverencias, pero con los pies en la tierra, el lugar donde realmente se forjan los líderes.

Todo esto intentaba transmitir a esa abogada de 35 años cuando le dije que cogiera mis manos. Espero que algo le quedara.

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